SEMANA SANTA: convite al amor a la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo

 Crucificcion 2Plinio Corrêa de Oliveira 

El Evangelio nos hace ver con la mayor evidencia cuánto la misericordia de Nuestro Divino Salvador se compadece de nuestros dolores del alma y del cuerpo. Basta prestar atención a los milagros asombrosos de su omnipotencia, practicados tantas veces para mitigarlos. 

Sin embargo, no imaginemos que ese combate al dolor haya sido el mayor beneficio por Él dispensado a los hombres, en esta vida terrena. 

No comprendería la misión de Cristo ante los hombres quien cerrase los ojos al hecho central de que él es nuestro Redentor, y de que deseó padecer dolores cruelísimos para redimirnos. 

Hasta en el culmen de su Pasión, Nuestro Señor podría haber hecho cesar instantáneamente todos esos dolores, por un mero acto de su voluntad divina. Desde el primer instante de su Pasión hasta el último, Él podría haber ordenado que sus llagas se cerrasen, su sangre precioso dejase de correr, los golpes por él recibidos no dejasen cicatrices en su cuerpo divino y, por fin, una victoria brillante y jubilosa cortase el paso, bruscamente, a la persecución que Lo iba arrastrando hasta la muerte. 

Entretanto, Él no lo quiso. Al contrario, Él quiso dejarse arrastrar por la vía dolorosa hasta lo algo del Gólgota, quiso ver a su Madre Santísima entregada al auge del dolor y, por fin, quiso gritar, de manera lo Lo oyesen hasta el fin de los siglos, las palabras lancinantes: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?”” (Mt. 27,46) 

En esos hechos comprendemos que, dándonos la gracia de ser llamados con Él para padecer cada cual un quiñón de su Pasión, Él tornaba claro el papel inigualable de la cruz en la vida de los hombres, en la Historia del mundo y en Su glorificación. 

No pensemos que, convidándonos a padecer los dolores de la vida presente, Él haya querido dispensarnos de pronunciar, cada uno, en el trance de la muerte, su consummatum est (Jo, 19,30). 

Sin la comprensión de la cruz, sin el amor a la cruz, sin haber pasado cada uno por su via crucis, no habremos cumplido a nuestro respecto los designios de la Providencia. Y, al morir, no podremos hacer nuestra la exclamación sublime de San Pablo: “Combatí el buen combate, concluí mi carrera, guardé la fe. Me está reservada la corona de la justicia que el Señor, justo Juez, me dará en aquel día (II Tim. 4,7-8). 

Toda y cualquier cualidad, por más eximia que sea, de nada servirá si, como base, no hubiere en todas las almas el amor a la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Con tal amor todo conseguiremos, aunque nos pese el fardo sagrado de la pureza y de otras virtudes, los ataques y los escarnios incesantes de los enemigas de la Fe, las traiciones de los falsos amigos. 

El gran cimiento, el máximo cimiento de la Civilización Cristiana está en que todos los hombres ejerciten generosamente el amor a la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. 

Son estas reflexiones altamente oportunas en la Semana Santa. Que para eso nos ayude María, y tendremos reconquistado para el Divino Hijo de Ella el Reino de Dios, hoy tan oscilante en el corazón de los hombres.

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