JUEVES SANTO – Voz que atemoriza y consuela

 SEMANA SANTA - PrisionPlinio Corrêa de Oliveira

Cuando fue preso, Nuestro Señor Jesucristo practicó dos acciones aparentemente contradictorias. 

La contradicción se resume en pocas palabras. 

Por un lado, habló tan fuerte, aturdió tanto los oídos, que los esbirros cayeron en tierra. Por otro lado, Él mismo se agachó hasta el suelo para agarrar una oreja y recolocarla nuevamente en su lugar. El Mismo que aterroriza, consuela. El Mismo que habla con voz insoportable para los tímpanos, recoloca una oreja cortada. 

¿No hay en esto, para nosotros, alguna enseñanza? 

Nuestro Señor es siempre infinitamente bueno, y fue bueno cuando dijo a los que Lo procuraban, que era Él Jesús de Nazaret, a quien querían, como fue bueno cuando recolocó la oreja de Malco. 

Si queremos ser buenos, debemos imitar la bondad de Nuestro Señor, y aprender con Él que hay momento en que es preciso saber postrar en tierra con santa energía a los enemigos de la Fe, así como hay ocasiones en que es preciso saber curar los propios males de aquellos que nos hacen mal. 

¿Por qué habló Nuestro Seños tan fuerte cuando respondió “Ego sum”? ¿Sólo para atolondrar físicamente a los que Lo prendían? ¿Pero para qué si él se entregaba voluntariamente a la prisión? Es que Él habló aún más fuerte a sus corazones. No sabemos cuál fue el provecho que aquellos hombres sacaron de la gracia que recibieron. Pero ciertamente el temor que tuvieron, cuando cayeron a la voz del Maestro, les fue saludable como fue saludable a Saulo, cuando la misma Voz le gritó “Saulo, Saulo, ¿por qué Me persigues?” 

Nuestro Señor les habló fuerte a los oídos. Los postró por tierra. Pero su voz que abatía cuerpos y ensordecía oídos, levantaba almas que estaban postradas, y les abría los oídos de los espíritus, que estaban sordos. 

A veces, pues, para curar es preciso gritar. 

SEMANA SANTA - MalcoCon Marco, Nuestro Señor procedió de otra manera. Cuando le restituyó la oreja cortada por la fogosidad de Pedro, Nuestro Señor ciertamente le quería hacer un bien temporal. Pero curándole el oído, Nuestro Señor le quiso sobre todo abrir el oído del alma. Y Él mismo, que a unos había curado de la sordez espiritual con el estruendo divino de su voz, Él mismo curó de la misma sordez espiritual a Malco, diciéndole palabras de bondad y restituyéndole la oreja que había perdido. 

Vivimos en un siglo afectado, por cierto, por la más terrible sordez espiritual. Si hay época en que los hombres oyen la voz de Dios, es la nuestra. Si hay época en que contra ella se endurecen los corazones, es por cierto la nuestra. 

El divino Maestro nos muestra que si queremos disolver en nosotros y en el prójimo esta terrible sordez, es Él sólo que lo puede hacer, y los medios humanos en sí mismos de nada valen. 

En esta ocasión, hagamos nuestro un pedido que se encuentra en los Santos Evangelios, Cuando un ciego percibió cierta vez a Nuestro Señor, le gritó: “Domine, ut videam”, ¡Señor, que yo vea! 

Hoy, aprovechemos las conmemoraciones de la Semana Santa para pedirle que oigamos: “Domine, ut audiam”. No sabemos, en la sabiduría de su misericordia, de qué manera Nuestro Señor curará nuestra sordez espiritual. Sangramos como Malco, y estamos sordos como los esbirros. Poco nos importa que él quiera curarnos por este o aquel medio: cúmplase su voluntad divina. Háblenos Él por la voz terrible de las pruebas y de los castigos, háblenos Él por la voz suave de las consolaciones, una cosa sobretodo Le pedimos: ¡Señor, que oigamos”. 

Que por lo menos nosotros, católicos, oigamos plenamente la voz de Nuestro Señor, y que, correspondiendo en nuestra santificación interior, de modo completo e irrestricto, a las gracias que él nos da, realicemos dentro de nosotros aquel pleno reinado de Nuestro Señor, de que los enemigos de la iglesia parecen esperanzados en arrancar los últimos vestigios sobre la faz de la tierra. 

Nuestro Señor prometió indestructibilidad a su Iglesia, y prometió que se salvaría toda alma verdaderamente fiel. 

Confortados en esa esperanza, meditemos con serenidad las tristezas de estos días de universal conturbación, así como las agonías de esta Semana de la Pasión. Nuestro Señor es el gran Vencedor. Él vencerá, y con Él vencerá la Iglesia.

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