PASCUA – Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo

 SEMANA SANTA - Resurreccion

Plinio Corrêa de Oliveira 

Cristo, Nuestro Señor, no fue resucitado: resucitó. Lázaro fue resucitado. Él estaba muerto. Otro, y no él, es decir Nuestro Señor, lo llamó de la muerte a la vida. En cuanto al Divino Redentor, nadie Lo resucitó. Él mismo se resucitó a sí propio. No precisó que nadie Lo llamase a la vida. La retomó, y cuando quiso. 

Todo lo que se refiere a Nuestro Señor tiene su aplicación analógica a la Santa Iglesia Católica. Vemos frecuentemente, en la Historia de la Iglesia, que cuando Ella parecía irremediablemente perdida, y todos los síntomas de una próxima catástrofe parecían minar su organismo, sobrevinieron siempre hechos que La han mantenido viva contra toda la expectativa de sus adversarios. 

Aun cuando Ella parece completamente abandonada, y aun cuando el concurso de los medios de victoria más indispensable en el orden natural parece faltarle, estemos ciertos de que la Santa Iglesia no morirá. Como Nuestro Señor, Ella se levantará con sus propias fuerzas, que son divinas. Y cuando más inexplicable fuere, humanamente hablando, la aparente resurrección de la Iglesia – aparente, acentuamos, porque la muerte de la Iglesia nunca será real, al contrario de la de Nuestro Señor – tanto más gloriosa será la victoria. 

En estos días turbios y tristes, confiemos pues. Pero confiemos, no en esta o aquella potencia, no en este o aquel hombre, no en esta o en aquella corriente ideológica para operar la reintegración de todas las cosas en el Reino de Cristo, sino en la Providencia Divina, que obligará nuevamente a los mares a abrirse de par en par, moverá montañas y hará estremecer la tierra entera. Si fuera necesario para el cumplimiento de la divina promesa: “las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella”. 

Esta certeza tranquila en el poder de la Iglesia, tranquila de una tranquilidad hecha toda de espíritu sobrenatural, y no de cualquier indiferencia o indolencia, podemos aprenderla a los pies de la Santísima Virgen. Sólo Ella conservó íntegra la Fe, cuando todas las circunstancias parecían haber demostrado el fracaso total de su Divino Hijo. 

Bajado de la Cruz el Cuerpo de Cristo, vertida por la mano de los verdugos, no sólo la última gota de Sangre, sino también de agua, verificada la muerte, no sólo por el testimonio de los legionarios romanos, sino también de los propios fieles que procedieron a la sepultura, puesta ante la misma la piedra inmensa que le debía servir de infranqueable cierre, todo parecía perdido. Pero María Santísima creyó y confió. Su Fe se conservó tan segura, tan serena, tan normal en esos días de suprema desolación, como en cualquier otra ocasión de su vida. Ella sabía que Él habría de resucitar. Ninguna duda, ni siquiera la más leve, maculó su espíritu. 

Es a los pies de Ella, por lo tanto, que habremos de implorar e obtener esa constancia en la Fe y en el espíritu de Fe, que debe ser la suprema ambición de nuestra vida espiritual. Medianera de todas las gracias, ejemplar de todas las virtudes, la Santísima Virgen no nos rehusará ningún don que en este sentido le pidamos. 

«O Legionário», nº 559, 25 de abril de 1943 (Trechos).

 

A todos los que acompañan este blog

Familia Uruguaya Cristiana

les deseamos

Felices y Santas Pascuas de Resurrección

 

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