La fe católica no es ofendida sólo con herejías

HEREJIAS - Video de FIRoberto de Mattei

En una larga entrevista dada a conocer el 30 de diciembre en el semanario alemán Die Zeit, el cardenal Gerhard Ludwig Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, levanta una cuestión de crucial actualidad.

Cuando le fue preguntado por la entrevistadora sobre qué piensa sobre los católicos que atacan al Papa, definiéndolo de «hereje», él responde: «No sólo por mi oficio, sino por la convicción personal, debo discordar.  Hereje, en la definición teológica, es un católico que niega obstinadamente una verdad revelada y propuesta como tal por la Iglesia para ser creída.

Otra cosa es cuando aquellos que son oficialmente encargados de enseñar la fe se expresan de una forma tal vez infeliz, engañosa o vaga.

El magisterio del Papa y de los obispos no es superior a la Palabra de Dios, pero la sirve. […] Pronunciamientos papales tienen además un carácter vinculante diverso – desde una decisión definitiva pronunciada ex cathedra hasta una homilía que sirve bastante para la profundización espiritual».

Hoy se tiende a caer en una dicotomía simplista entre herejía y ortodoxia. Las palabras del cardenal Müller nos recuerdan que entre lo blanco (la plena ortodoxia) y lo negro (la herejía abierta) hay una zona gris que los teólogos han explorado con precisión. Existen proposiciones doctrinarias que, aun no siendo explícitamente  heréticas, son desaprobadas por la Iglesia con calificaciones teológicas proporcionales a la gravedad y al contraste con la doctrina católica.

La oposición a la verdad presenta de hecho diferentes grados, según sea directa o indirecta, inmediata o remota, abierta o disimulada, etc. Las «censuras teológicas» (no confundir con las censuras o penas eclesiásticas), expresan, como explica en su clásico estudio el padre Sisto Cartechini, el juicio negativo de la Iglesia sobre una expresión, una opinión o toda una doctrina teológica (Dall´oíonione al domma. Valore delle note teologiche, Edizioni «La Civiltà Cattolica», Roma, 1953). Este juicio puede ser privado, si fuere dado por uno o más teólogos por cuenta propia, o público y oficial, si promulgado por la autoridad eclesiástica.

El Diccionario de Teología Dogmática del cardenal Pietro Parente y de monseñor Antonio Piolanti resume la doctrina: «las fórmulas de censura son muchas, con una graduación que va de lo mínimo a lo máximo. Pueden ser agrupadas en tres categorías.

Primera categoría: con relación al contenido doctrinario, una proposición puede ser censurada como: a) herética, caso se oponga abiertamente a una verdad de fe definida como tal por la Iglesia; según la mayor o menor oposición a la proposición puede decirse próxima a la herejía, de sabor herético; b) errónea en la fe, caso se oponga a una grave conclusión teológica derivada de una verdad revelada y de un principio de la razón; la proposición es censurada como temeraria en el caso de que se oponga a una simple sentencia común entre los teólogos.

Segunda categoría: con relación a la forma defectuosa, por la cual la proposición es considerada equivocada, dudosa, capciosa, sospechosa, malsonante, etc., aún cuando no contradiciendo alguna verdad de fe bajo el punto de vista doctrinario.

Tercera categoría: con relación a los efectos que pueden ser producidos por las circunstancias particulares de tiempo y de lugar, aún cuando no siendo errónea en el contenido y en la forma. En ese caso la proposición es censurada como perversa, viciosa, escandalosa, peligrosa, seductora de los simples». (Dizionario di teologia dogmatica, Studium, Roma 1943, pp. 45-46).

En todos esos casos, la verdad católica es desprovista de integridad doctrinaria o expresada de manera carente e impropia.

Esta precisión en la calificación de los errores se desarrolló sobre todo entre los siglos XVII y XVIII, cuando la Iglesia se confrontó con la primera herejía que luchó para permanecer interna: el jansenismo.

La estrategia de los jansenistas, como más tarde la de los modernistas, era continuar autoproclamando su plena ortodoxia, a pesar de las reiteradas condenaciones. Para evitar la acusación de herejía, ellos se empeñaban en encontrar fórmulas de fe y de moral ambiguas y equivocadas, que no se oponían frontalmente a la fe católica y les permitían permanecer en la Iglesia. Con igual precisión y determinación, los teólogos ortodoxos especificaron los errores de los jansenistas, rotulándolos según sus características específicas.

El Papa Clemente XI, en la bula Unigenitus Dei Filius, del 8 de setiembre de 1713, censuró 101 proposiciones del libro Réflexions morales del teólogo jansenista Pasquier Quesnel como, entre otras cosas, «falsas, capciosas, malsonantes, ofensivas a los oídos piadosos, escandalosas, perniciosas, temerarias, ofensivas a la Iglesia y a sus prácticas, sospechosas de herejía, con olor de herejía, aptas a favorecer a los herejes, a la herejía y al cisma, erróneas y próximas de la herejía» (Denz.-H, no 2502).

Cada uno de esos términos tiene un significado diferente. Así, la proposición en la cual el Sínodo profesa «estar persuadido de que el Obispo recibió de Jesucristo todos los derechos necesarios para el buen gobierno de su diócesis», independientemente del Papa y de los Concilios (no 6), es «errónea» e «induce al cisma y a la subversión del régimen jerárquico»; aquella en que se rechaza el limbo (no 26) es considerada «falsa, temeraria, ofensiva a las escuelas católicas»; la proposición que prohíbe la colocación en el altar de relicarios o flores (no 32) es calificada de «temeraria, injuriosa a la piadosa y reconocida costumbre de la Iglesia»; aquella que auspicia el retorno a los rudimentos arcaicos da la liturgia, «volviendo a una mayor simplicidad de ritos, exponiéndola en vernáculo e pronunciándola en voz alga» (no 33), es definida como «temeraria, ofensiva a los oídos piadosos, ultrajantes a la Iglesia, favorables a las maledicencias de los herejes contra la propia Iglesia».

Un análisis del Documento Final del Sínodo de los Obispos de 2015, hecho según los principios de la teología y de la moral católica, no puede sino encontrar graves lagunas en aquel documento. Muchas de sus proposiciones podrían ser definidas como malsonantes, erróneas, temerarias, etc., aunque de ninguna se pueda decir que sea formalmente herética.

Más recientemente, el 6 de enero de 2016, fue difundida en todas las redes sociales del mundo un video-mensaje del Papa Francisco dedicado al diálogo interreligioso, en donde católicos, budistas, judíos y musulmanes parecen colocados en el mismo plano como «hijos de (un) Dios» que cada uno encuentra en su propia religión, en nombre de una común profesión de fe en el amor.

Las palabras de Francisco, combinadas con las de los otros protagonistas de video y sobre todo con las imágenes, vehiculan un mensaje sincretista que contradice, por lo menos indirectamente, la enseñanza sobre la unicidad y la universalidad de la misión salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, reafirmado por la encíclica Mortalium animos de Pio XI (1928) y por la Declaración Dominus Jesu, del entonces Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, cardenal Joseph Ratzinger (6 de agosto de 2000).

Si queremos, como simples católicos bautizados, aplicar las censuras teológicas de la Iglesia a ese video, deberíamos definirlo como: favorecedor de la herejía en cuanto al contenido; equivocado y capcioso en lo que se refiere a la forma; escandaloso en cuanto a los efectos sobre las almas.

No obstante, el juicio público y oficial de su contenido incumbe a la autoridad eclesiástica, y nadie mejor ni con más título que el actual Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, para expresarse al respecto.

Muchos católicos desconcertados claman por eso en alta voz.

Fuente: Corrispondenza Romana
(Subrayados nuestros).

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