Papa Francisco con Kirill en Cuba – Apreciaciones necesarias

HISTORICO ENCUENTRO 1El histórico encuentro entre Francisco y Kirill

Entre los muchos sucesos atribuidos por los medios de comunicación al Papa Francisco está el «histórico encuentro» realizado el día 12/01/2016 en La Habana con el patriarca de Moscú, Kirill.

Un acontecimiento – se escribió – que vio caer el muro que hace mil años dividía la Iglesia de Roma de aquella de Oriente.

La importancia del encuentro, en las palabras del propio Francisco, no está en el documento, de carácter meramente «pastoral», sino en el hecho de una convergencia rumbo a una meta común, no política o moral, sino religiosa.

El Papa Francisco parece querer sustituir el Magisterio tradicional de la Iglesia, expresado a través de documentos, por un neomagisterio transmitido por eventos simbólicos.

El mensaje que el Papa pretende dar es de un giro en la historia de la Iglesia. Pero es precisamente a través de la historia de la Iglesia que debemos comenzar a comprender el significado del evento.

HISTORICO ENCUENTRO 2 - Paulo VILas imprecisiones históricas, entretanto, son muchas y deben ser corregidas, porque es justamente sobre falsificaciones históricas que muchas veces se construyen los desvíos doctrinarios.

En primer lugar, no es verdad que mil años de historia dividían a la Iglesia de Roma del Patriarcado de Moscú, siendo que éste nació apenas en 1589. En los cinco siglos precedentes, y aún antes, el interlocutor oriental de Roma era el Patriarcado de Constantinopla.

Durante el Concilio Vaticano II, el 6 de enero de 1964, Paulo VI se reunió en Jerusalén con el patriarca Atenágoras, para iniciar un «diálogo ecuménico» entre el mundo católico y el mundo ortodoxo.

Ese diálogo no pudo avanzar por causa de la milenaria oposición de los ortodoxos al Primado de Roma.

HISTORICO ENCUENTRO 3 - Eugenio IIIEl propio Paulo VI admitió en un discurso al Secretariado para la Unidad de los Cristianos del 28 de abril de 1967, afirmando: «El Papa, lo sabemos bien, es sin duda el mayor obstáculo en el camino del ecumenismo» (Paulo VI, Insegnamenti, VI, pp. 192-193).

El Patriarcado de Constantinopla constituía una de las cinco sedes principales de la Cristiandad establecidas por el Concilio de Calcedonia de 451.

Los patriarcas bizantinos sustentaban, entretanto, que después de la caída del Imperio Romano, Constantinopla, sede del renacido Impero Romano de Occidente, debería tornarse la «capital» religiosa del mundo.

El canon 28 del Concilio de Calcedonia, revocado por San León Magno, contiene en germen todo el cisma bizantino, porque atribuye a la supremacía del Romano Pontífice un fundamento político, y no divino. Por eso, en 515, el Papa Santo Hormisdas (514-523) hizo suscribir, a los obispos orientales, una Fórmula de Unión, con la cual reconocían su sumisión a la Cátedra de Pedro (Denz-H, n. 363).


Entre los siglos V y X, mientras en Occidente se afirmaba la distinción entre la autoridad espiritual y el poder temporal, nacía entretanto en oriente el llamado «cesaropapismo», en el cual la Iglesia era de hecho subordinada al emperador, que se consideraba el jefe. como delegado de Dios, tanto en el campo eclesiástico como en el secular.

Los patriarcas de Constantinopla fueron en verdad reducidos a funcionarios del Imperio Bizantino y continuaron a alimentar una aversión radical a la Iglesia de Roma.

HISTORICO ENCUENTRO 4 - San JosafaDespués de una primera ruptura, causada por el patriarca Focio en el siglo IX, el cisma oficial ocurrió el 16 de julio de 1054, cuando el patriarca Miguel Cerulario declaró que Roma cayó en herejía, debido al Filioque en el Credo y otros pretextos.

Los legados romanos depusieron entonces contra él, en el altar de la iglesia de Santa Sofía en Constantinopla, la sentencia de excomunión.

Los príncipes de Kiev convertidos al Cristianismo en 988 bajo San Vladimir, siguieron a los patriarcas de Constantinopla en el cisma, reconociendo su jurisdicción religiosa.

Las discordias parecían insuperables, pero un hecho extraordinario sucedió el 6 de julio de 1439 en la catedral florentina de Santa María del Fiore, cuando el Papa Eugenio IV anunció solemnemente, con la bula Laetentur Coeli («que los cielos se regocijen»), la bien sucedida recomposición del cisma entre las Iglesias de Oriente y de Occidente.

Durante el Concilio de Florencia (1439), del cual habían participado el Emperador de Oriente Juan VIII Paleólogo y el Patriarca de Constantinopla José II, se llegó a un acuerdo sobre todos los problemas, del Filioque al primado de Roma.

La Bula pontificia concluía con esta solemne definición dogmática, firmada por los Padres griegos:

«Definimos que la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice poseen el primado sobre todo el universo; que el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro, Príncipe de los apóstoles, y auténtico Vicario de Cristo, jefe de toda la Iglesia, padre y doctor de todos los cristianos; que Nuestro Señor Jesucristo transmitió a él, en la persona del bienaventurado Pedro, el pleno poder de apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal, como es atestado en los actos de los concilios ecuménicos y en los cánones sagrados» (Conciliorum Oecumenicorum Decreta, Centro Editorial Dehoniano, Bolonha, 2013, pp. 523-528). Éste fue el único abrazo histórico verdadero entre las dos iglesias durante o último milenio.

Entre los participantes más activos del Concilio de Florencia, estaba Isidoro, metropolita de Kiev y de toda Rusia. En seguida que él retornó a Moscú, anunció en público la reconciliación ocurrida bajo la autoridad del Romano Pontífice.

HISTORICO ENCUENTRO 5 - PCO - Mons. SlipijPero el príncipe de Moscú, Basilio el Ciego, lo declaró hereje y lo sustituyó por un obispo sumiso a él. Ese gesto marcó el inicio de la autocefalía de la iglesia moscovita, independiente, no sólo de Roma, sino también de Constantinopla.

Poco después, en 1453, el Imperio Bizantino fue conquistado por los turcos, y arrastró en su colapso al Patriarcado de Constantinopla.

Nació entonces la idea de que Moscú debería asumir el legado de Bizancio y tornarse el nuevo centro de la Iglesia cristiana ortodoxa. Después del casamiento con Zoe Paleólogo, sobrina del último Emperador de Oriente, el Príncipe de Moscú Iván III se dio a sí mismo el título de Zar e introdujo el símbolo del águila bicéfala.

En 1589 fue establecido el Patriarcado de Moscú y de toda Rusia. Los rusos se tornaron los nuevos defensores da la «ortodoxia», anunciando el advenimiento de una «Tercera Roma», después de la católica y la bizantina.

Frente a esos acontecimientos, los obispos de aquella áreas, que entonces se llamaba Rutenia y que hoy corresponde a Ucrania y a una parte de Bielorrusia, se reunieron, en octubre de 1596, en el Sínodo de Brest y proclamaron la unión con la Sede Romana.

Ellos son conocidos como uniatas, por causa de su unión con Roma, o grecocatólicos, porque, si bien sometidos al Primado romano, conservaron la liturgia bizantina.

Los zares rusos emprendieron una persecución sistemática a la Iglesia uniata que, entre los muchos mártires, contó con Juan (Josafá) Kuncevitz (1580-1623), arzobispo de Polotzk, y el jesuita Andrea Bobola (1592-1657), apóstol de Lituania.

Ambos fueron torturados y muertos por odio a la fe católica y hoy son venerados como santos.

La persecución se tornó aún más cruenta bajo el imperio soviético. El cardenal Josyp Slipyj (1892-1984), deportado por 18 años en los campos de concentración comunistas, fue el último intrépido defensor de la Iglesia Católica ucraniana.

Hoy, los uniatas constituyen el mayor grupo de católicos de rito oriental y son un testimonio vivo de la universalidad de la Iglesia Católica.

Es mesquino afirmar, como lo hace el documento de Francisco y Kirill, que el «método del uniatismo», sea entendido «como la unión de una comunidad a la otra, separándola de su Iglesia [originaria]», «no es una forma que permita restablecer la unidad«, y que «por eso, es inaceptable el uso de medios desleales para incitar a los creyentes a pasar de una Iglesia a otra, negando su libertad religiosa o sus tradiciones».

El precio que el Papa Francisco tuvo que pagar por esas palabras exigidas por Kirill es muy alto: la acusación de «traición» lanzada por los católicos uniatas, siempre fidelísimos a Roma.

Pero el encuentro de Francisco con el patriarca de Moscú va mucho más allá de aquél de Paulo VI con Atenágoras.

El abrazo de Kirill tiende sobre todo a acoger el principio ortodoxo de la sinodalidad, necesario para «democratizar» a la Iglesia Romana.

En lo que se refiere, no a la estructura de la Iglesia, sino a la sustancia de su fe, el evento simbólico más importante del año será con todo la conmemoración por Francisco del 500o aniversario de la Revolución protestante, prevista para octubre próximo en Lund, Suecia.

Roberto de Mattei
Fuente: Corrispondenza Romana (17 de febrero de 2015).

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