Exhortación post-sinodal Amoris laetitia: primeras reflexiones sobre un DOCUMENTO CATASTRÓFICO

AMORIS LAETITIA 1Roberto de Mattei

Con la Exhortación apostólica post-sinodal Amoris laetitia, publicada el 8 de abril, el Papa Francisco se pronunció oficialmente sobre problemas de moral conyugal, en discusión hace dos años.

En el Consistorio de 20 y 21 de febrero de 2014, Francisco había confiado al cardenal Kasper la tarea de introducir el debate sobre esta cuestión.

La tesis del cardenal Kasper, de que la Iglesia debe cambiar su práctica pastoral en las cuestiones matrimoniales, fue el leitmotiv de los dos Sínodos sobre la familia, de 2014 y 2015, y constituye hoy la piedra angular de la exhortación del Papa  Francisco.

Durante esos dos años, ilustres cardenales, obispos, teólogos y filósofos intervinieron en el debate, a fin de mostrar que debe existir una íntima coherencia entre la doctrina y la praxis pastoral de la Iglesia. Pues, de hecho, la pastoral se basa en le doctrina dogmática y moral.

«No puede haber pastoral que esté en desarmonía con las verdades de la Iglesia y con su moral, y en contraste con sus leyes, y que no sea orientada a alcanzar el ideal de vida cristiana», observó el cardenal Velasio De Paolis en su discurso inaugural al Tribunal Eclesiástico Umbro de 27 de marzo de 2014.

La idea de separar el Magisterio de una práctica pastoral pasible de evolucionar de acuerdo con las circunstancias, las modas y las pasiones, según el cardenal Sarah, «es una forma de herejía, una peligrosa patología esquizofrénica»  (La Stampa, 24 de febrero de 2015).

En las semanas que antecedieron a la Exhortación postsinodal, se multiplicaron las intervenciones públicas y privadas de cardenales y obispos junto al Papa, a fin de evitar la promulgación de un documento lleno de errores, detectados por las numerosas alteraciones que la Congregación para la Doctrina de la Fe hizo al proyecto.

Francisco no retrocedió, pero parece haber confiado la última reescritura de la Exhortación, o por lo menos de algunos de sus pasajes clave, a teólogos de su confianza, que intentaron reinterpretar a Santo Tomás a la luz de la dialéctica hegeliana.

El resultado fue un texto que no es ambiguo, sino claro en su indeterminación. La teología de la praxis excluye cualquier declaración doctrinaria, dejando a la historia dibujar la línea de conducta de los actos humanos.

Por lo tanto, como afirma Francisco, «es comprensible que, sobre la cuestión crucial de los divorciados vueltos a casar, «[…] si no debía esperar del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónico, aplicable a todos los casos» (§300).

Si se está convencido de que los cristianos, en su comportamiento, no deben conformarse con los principios absolutos, sino ponerse a escuchar las «señales de los tiempos», sería contradictorio formular reglas de cualquier género.

Todos esperaban respuesta a una pregunta de fondo: ¿Pueden recibir el sacramento de la Eucaristía aquellos que, después de un primer casamiento, se vuelven a casar civilmente?

A esta pregunta la Iglesia siempre respondió categóricamente que no. Los divorciados vueltos a casar no pueden recibir la comunión porque su condición de vida contradice objetivamente la verdad natural y cristiana sobre el casamiento, significada y realizada en la Eucaristía (Familiaris Consortio, §84).

L respuesta de la Exhortación postsinodal es lo contrario: en línea general no, pero «en ciertos casos» sí (§305, nota 351). Los divorciados vueltos a casar deben realmente ser «integrados» y no excluidos (§299).

Su integración, «su participación puede expresarse en diferentes servicios eclesiales, siendo necesario, por eso, discernir cuáles de las diferentes formas de exclusión actualmente practicadas en ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional puedan ser superadas» (§299), sin excluir la disciplina sacramental (§336).

El hecho es lo siguiente: la prohibición de los divorciados vueltos a casar aproximarse a la comunión no es más absoluta. El Papa no autoriza, como regla general, la comunión a los divorciados, pero tampoco la prohíbe.

«Aquí – había subrayado el cardenal Caffara contra Kasper – se toca en la doctrina. Inevitablemente. Se puede argüir que no se toca, pero se toca. No sólo. Se introduce una costumbre que a largo plazo inculca la siguiente idea en las personas, hasta en las no cristianas: no existe ningún casamiento absolutamente indisoluble, Y esto es ciertamente contra la voluntad del Señor. No hay duda sobre eso» (Entrevista a Il Foglio, 15 de marzo de 2014).

Para la teología de la praxis, las reglas no cuentan, pero sí los casos concretos.

E aquello que no es posible en abstracto, es posible en la práctica.

Pero, como bien observó el cardenal Burke: «Si la Iglesia permitiese la recepción de los sacramentos (aún cuando fuese en un solo caso) a una persona que está en unión irregular, significaría, o que el casamiento no es indisoluble y, por lo tanto, que la persona no está viviendo en estado de adulterio, o que la sagrada comunión no es la comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, o que, por lo contrario, requiere una recta disposición de la persona, o sea, el arrepentimiento del pecado grave y la firme resolución de no pecar más«. (Entrevista a Alessandro Gnocchi en Il Foglio, 14 de octubre de 2014).

AMORIS LAETITIA Cardenales 2Además de eso, la excepción es destinada a tornarse una regla, porque en Amoris laetitia el criterio del acceso a la comunión es dejado al «discernimiento personal» del individuo. El discernimiento es hecho a través del «diálogo con el sacerdote, en el foro interno» (§300), «caso a caso».

Pero ¿cuáles serán los pastores de almas que osarán vetar el acceso a la Eucaristía, si «el propio Evangelio exige que no juzguemos ni condenemos» (§308), que es necesario «integrar todos» (§297) y «valorizar los elementos constructivos en las situaciones en que aún no corresponden o ya no corresponden a su doctrina sobre el matrimonio» (§292)?

Los pastores que quisiesen recordar los mandamientos de la Iglesia correrían el riesgo de actuar, según la Exhortación, «como controladores de la gracia y no como facilitadores»  (§310).

«Por eso, un pastor no puede sentirse satisfecho apenas aplicando leyes morales a aquellos que viven en situaciones `irregulares´, como si fuesen piedras que se tiran contra la vida de las personas. Es el caso de los corazones cerrados, que muchas veces se esconden hasta por detrás de las enseñanzas de la Iglesia `para sentarse en le cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas´ » (§305).

Este inédito lenguaje, aún más duro que la dureza de corazón que recrimina en los «controladores de la gracia», es el trazo distintivo de la Amoris laetitia, que, no por acaso, en la conferencia de prensa de 8 de abril, el cardenal Schönborn definió como «un evento lingüístico».

«Mi mayor alegría en relación a este documento», dijo el cardenal de Viena, es que «constantemente supera la artificial, externa, clara división entre regular e irregular».

El lenguaje, como siempre, expresa un contenido. Las situaciones que la Exhortación postsinodal define como «llamadas irregulares»  son el adulterio público y la cohabitación extraconyugal. Para Amoris laetitia, ambos realizan el ideal del matrimonio cristiano, aún cuando «de forma parcial y analógica» (§292).

«Por causa de las restricciones o de los factores atenuantes, es posible que una persona, en el medio de una situación objetiva de pecar – pero subjetivamente no sea culpable o no lo sea plenamente – pueda vivir en gracia de Dios, pueda amary pueda también crecer en la vida de la gracia y de caridad, recibiendo para eso la ayuda de la Iglesia» (§305), «en ciertos casos, podría haber también la ayuda de los sacramentos» (nota 351).

De acuerdo con la moral católica, las circunstancias que forman el contexto en el cual la acción se desarrolla no pueden alterar la cualidad moral de los actos, tornando bueno y recto lo que es intrínsecamente malo.

Pero la doctrina de los absolutos morales y de lo intrinsece malum es frustrada por la Amoris laetitia, que se alinea a la «nueva moral» condenada por Pio XII en numerosos documentos y por Juan Paulo II en la Veritatis Splendor.

La moral de situación deja a las circunstancias y, en último análisis, a la conciencia subjetiva del hombre, la determinación de lo que es bueno y de lo que es malo.

La unión sexual extraconyugal no es considerada intrínsecamente ilícita, sino, en cuanto acto de amor, sujeta a una evaluación de acuerdo con las circunstancias. Pero generalmente no hay ningún mal en sí, pues no existe pecado grave o mortal.

La equiparación entre personas en estado de gracia (situaciones «regulares») y personas en estado permanente de pecado (situaciones «irregulares») no es apenas lingüística: parece sucumbir a la teoría luterana del hombre simul iustus et pecator, condenada por el Decreto sobre la justificación del Concilio de Trento (Denz-H, nn. 1551-1583).

La Exhortación postsinodal Amoris laetitia es mucho peor que el informe del cardenal Kasper, contra el cual fueron justamente lanzadas tantas críticas en libros, artículos, entrevistas.

El cardenal Kasper había colocado algunas preguntas, la Exhortación Amoris laetitia ofrece la respuesta: abre la puerta a los divorciados vueltos a casar, canoniza a la moral de situación e inicia un proceso de normalización de todas las cohabitaciones more uxurio. [NdT: incluyendo la dimensión de intimidad conyugal].

Considerando que el nuevo documento pertenece al Magisterio ordinario no infalible, se debe desear que sea objeto de análisis crítico profundo por parte de teólogos y pastores de la Iglesia, sin se ilusionar con la idea de que a él se puede aplicar la «hermenéutica de la continuidad».

Si el texto ya es catastrófico, más catastrófico aún es el hecho de que fue firmado por el Vicario de Cristo. Pero para aquellos que aman a Cristo y a su Iglesia, ésta es una buena razón para hablar, no para callar.

Así, hacemos nuestras las palabras de un obispo de coraje, Don Athanasius Schneider:

» `¡Non possumus!´ No aceptaré una enseñanza ofuscada ni una abertura hábilmente disfrazada de la puerta de los fondos para que por ella pase una profanación de los Sacramentos del Matrimonio y de la Eucaristía. De la misma forma, no aceptaré una burla al Sexto Mandamiento de Dios. Prefiero ser puesto en ridículo y perseguido a tener que aceptar textos ambiguos y métodos insinceros. Prefiero la cristalina `imagen de Cristo, la Verdad, a la imagen del zorro ornamentado con piedras preciosas´ (San Ireneo), porque `Sé en quién puse mi confianza´, `Scio credidi cui´ (IITm 1, 12)» (Rorate Coeli, 2 de noviembre de 2015.

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