Unificación europea en la encrucijada

EUROPA - Mapa 2«CATOLICISMO« Nº 532 – Octubre de 1998

Hace casi medio siglo, Plinio Corrêa de Oliveira ya colocaba los términos de la candente cuestión actual: la Unión Europea, o se dará de modo auténtico, en la senda de Carlomagno, bajo la influencia de la Iglesia Católica, o será una etapa revolucionaria y laica para la construcción de la República Universal. 

Se ha hablado mucho con relación a la formación de los Estados Unidos de Europa. La implantación del euro como moneda única, el  1º de enero de 1999, para los 11 países que forman hasta ahora la Comunidad Económica Europea, ya es un importante paso en ese sentido.

Muchos lectores se preguntarán qué pensar respecto de la Unión Europea, desde el  punto de vista de la doctrina católica. La respuesta la dio, hace casi 50 años, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en comentarios a la  alocución de Pío XII a los dirigentes del Movimiento Universal por una Confederación Mundial, el 6 de abril de 1951, y más específicamente en el artículo A Federação Europeia à luz da doutrina católica, publicado en Catolicismo (n.º 14, febrero de 1952). Debido a lo candente del tema, nos pareció oportuno recordar el pensamiento manifestado en esos artículos.

Federación Europea: marco histórico de este siglo

En el artículo de Catolicismo de agosto de 1951, afirmaba él: “Una de las fechas más importantes de este siglo es sin duda la de la reunión de Paris, en la que los representantes de Francia, de  Itália, de Alemania  Occidental, y de las pequeñas potencias del grupo Benelux —Bélgica, Holanda, Luxemburgo— decidieron, en principio, la constitución de la Federación Europea, con la formación de una sola entidad de Derecho Internacional Público, y, en consecuencia, de un gobierno común, a agregarse, con el carácter de superestructura, a los diversos gobiernos nacionales”.

Un plan que parecía absolutamente inviable

Y prosigue:

“Antes de la última guerra mundial, pasaría por ser un soñador quien idealizase tal plano para el siglo XXI, y por débil mental quien lo imaginara viable  para nuestros días. Europa aún estaba incandescente del odio franco-alemán que ocasionara el conflicto de 1914-1918, que habría de desempeñar un importante papel en la deflagración de la Guerra de 1939-1945. Todas las naciones europeas, desbordantes de vida cultural y económica propia, marcadas aún en su alma por los resentimientos, por las ambiciones, por las rivalidades heredadas de los Tiempos Modernos, no parecían  susceptibles de ser englobadas en un todo político por más vago y fluído que fuera. Sería necesaria la tragedia de la Segunda Guerra Mundial y el consecuente desmantelamiento de la economía de las naciones europeas, para que, extenuado el aliento de su vida cultural…. las  doctrinas unitarias encontraran terreno propicio, y el plan de una Federación Europea se hiciera viable”.

Desaparición de naciones gloriosas

Después de mostrar el alcance de la formación de los  Estados Unidos de  Europa, Plinio Corrêa de Oliveira continúa:

“Es lo que el Premier italiano [Alcide de Gasperi] supo expresar claramente y acaba de ser resuelto en Europa. Entre Francia y Alemania, Italia y Holanda, etc., de aquí en adelante habrá, no los abismos que hasta ahora existían, sino solamente la línea demarcatoria de interés casi exclusivamente administrativo, que existe entre Ohio y Massachusets, Río de Janeiro y São Paulo, o Lucerna y Friburgo.

“Como se ve, se trata de un acontecimiento inmenso. Son naciones que desaparecen después de haber llenado el mundo y la Historia con la irradiación de su gloria… y un nuevo Estado Federal que aparece, cuyo futuro no es fácil de prever.”

Unificación auténtica y unificación revolucionaria

Preguntando si la Federación Europea sería una novedad, Plinio Corrêa de Oliveira responde que no, puesto que, bajo la influencia de la Iglesia, el conjunto de factores de unidad que se iban delineando en Europa en el comienzo de la Edad Media fue concretizado por el Emperador Carlomagno. Éste, entre otros grandes hechos, supo poner el orden temporal en consonancia con la Iglesia y defender la Cristiandad contra sus agresores.

Se trata de saber, por lo tanto, en qué consiste la verdadera unificación y verificar los peligros que ésta correría, si fuera inspirada por el espíritu de la Revolución. Es lo que Plinio Corrêa de Oliveira expone a continuación:

“¿Qué pensar de la Federación Europea?

“Así, en principio, se ve que la Iglesia no se limita a permitir, sino que  favorece de todo corazón, las superestructuras internacionales, desde que se propongan un fin lícito. En esencia, pues, sólo merece aplausos la idea de aproximar en un todo político bien construido, a  los pueblos europeos…

“Pero, aprobar la idea en principio es una cosa. Aprobarla incondicionalmente, cualquiera que sean sus aplicaciones prácticas, es otra. Y  hasta esta incondicionalidad no podemos llegar.

“Vivimos en una época de estatización brutal. Todo se centraliza, se planifica, se torna artificial, se tiraniza. Si la Federación europea entra por este camino, se desviará de las normas muy sabias del discurso del Papa Pio XII a los dirigentes del movimiento internacional en favor de una Federación Mundial”.

Protectora de las independencias nacionales y no hidra devoradora

Profundizando el tema en su artículo de febrero de 1952, advierte:

“Antes de todo debemos hacer sentir que la Iglesia es contraria a la desaparición de tantas naciones para constituir un solo todo. Cada nación puede y debe mantenerse, dentro de una estructura supranacional, viva y definida, con sus límites, su territorio, su gobierno, su lengua, sus costumbres, su ley, su índole propia…  Alemania es una nación, Francia otra, Italia otra.

“Si alguien las quisiera fundir como quien echa en un crisol joyas de finísimo valor, para  transformarlas en un macizo lingote de oro, inexpresivo, anguloso, vulgar, ciertamente no obraría según las intenciones de Dios, que creó un orden natural, en el cual la nación es una realidad indestructible.

“Así, pues, si la Federación Europea toma este camino, será más un mal que un bien. Ella debe ser la protectora de las independencias nacionales y no la hidra devoradora de las naciones. Las autoridades federales deben existir para suplir la acción de los gobiernos nacionales en ciertos asuntos de interés supranacional; nunca para  eliminarlas. Su actuación nunca podrá tener como meta la supresión de las características nacionales de alma y cultura, sino, antes, en la medida de lo posible, su robustecimiento…

“Por otro lado, la estructuración económica no debe llegar a una planificación tal, que implique una super-socialización. Si el socialismo es un mal, su transposición para el plano super-estatal no podrá dejar de ser un mal aún mayor.”

Federación Europea laica: ¿precursora de la República Universal?

Y concluye sus consideraciones manifestando el temor de que la tan propalada unificación sea un gran paso rumbo a la  República Universal:

“Por fin, permítasenos una afirmación bien franca. Ninguna sociedad, sea ella doméstica, profesional, recreativa, sea ella Estado, Federación de Estados, o Imperio mundial, puede producir frutos estables y duraderos si  ignora oficialmente al Hombre Dios, la Redención, el Evangelio, la Ley de Dios, la Santa Iglesia y el Papado. Ocasionalmente, alguno de sus frutos podrá ser bueno. Pero, si fueren buenos no serán duraderos y si fueran malos, cuanto más durables, tanto más nocivos.

“Si la Federación Europea se colocase a la  sombra de la Iglesia, si fuese inspirada, animada, vivificada por Ella, ¿qué es lo que no se podría esperar? Sin embargo, ignorando a la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, ¿qué se puede esperar de ella?

“Sí,  ¿qué esperar de ella? Algunos frutos buenos, que conviene notar y proteger de todos modos, sin duda. Pero,  ¡cómo es  fundado esperar también  otros frutos! Y si estos frutos fueren amargos, ¿cuánto se puede temer que nos aproximemos así de la República Universal cuya realización la masonería desde hace tantos siglos prepara?”.

«CATOLICISMO« Nº 532 – Octubre de 1998

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