15 de Agosto – Asunción de la Santísima Virgen

La Asunción:
premio por los sufrimientos de la co-redención

Nuestro Señor Jesucristo quiso subir a los cielos contemplado por los hombres. Pero también quiso que la Asunción de su Madre Santísima al Cielo, después que él, fuese a la vista de ojos humanos.

¿Por qué?

Era preciso que la Ascensión fuese vista por hombres que pudiesen dar testimonio de ese hecho histórico doble: no sólo de que Nuestro Señor Jesucristo resucitó, sino también de que, habiendo resucitado, Él subió a los cielos.

Subiendo al Cielo, él abrió el camino a las incontables almas que estaban en el Limbo esperando la Ascensión [para ir al cielo].

Antes de Nuestro Señor Jesucristo nadie podía entrar en el Cielo. Allí sólo estaban los ángeles.

Entonces Nuestro Señor, en Su Humanidad santísima, fue la primera criatura – porque Él al mismo tiempo era Hombre-Dios – que subió a los cielos.

Y como Redentor nuestro, él abrió el camino de los Cielos a los hombres.

También era preciso que Él, que sufrió todas las humillaciones, tuviese todas las glorificaciones.

Y no puede haber gloria mayor y más evidente que subir a los Cielos.

Porque significa ser elevado por encima de todas las cosas de la tierra y unirse con Dios Padre, transcendiendo este mundo donde nosotros estamos, para unirse eternamente con Dios en el Cielo Empíreo.

Jesucristo quiso que la Santísima Virgen tuviese la misma forma de gloria.

Así como Ella había participado como nadie del misterio de la Cruz, que Ella participase también de la glorificación de Él.

La glorificación de Ella se dio siendo llevada a los cielos.

Fue una asunción y no una ascensión. La ascensión fue la de Nuestro Señor Jesucristo al Cielo por su propia fuerza y poder.

La asunción no es igual. La Santísima Virgen no subió al Cielo por un poder propio, sino por el ministerio de los ángeles. Ella fue llevada a los cielos por los ángeles.

Fue la gran glorificación de Ella en esta tierra, preludio de la glorificación de Ella en el Cielo.

En el momento en que Ella entró en al Cielo, fue coronada como Hija dilecta del Padre Eterno, como Madre admirable del Verbo Encarnado y como Esposa fidelísima del Divino Espírito Santo.

Nosotros debemos concebir la Asunción como un fenómeno gloriosísimo.

Cuando se quiere glorificar a alguien, todos se ponen sus mejores ropas, en la casa se exhiben los mejores objetos, se ornamenta con flores, todo lo que hay de más noble es exhibido para glorificar a la persona a quien se quiere homenajear.

Esta regla del orden natural de las cosas es seguida también en el Cielo. Entonces es claro que el mayor brillo de la naturaleza angélica, el fulgor más estupendo de la Gloria de Dios debe haber aparecido en el momento en que la Santísima Virgen subió al Cielo.

Muchas veces en la historia la presencia de los ángeles se hace sentir de un modo imponderable, si bien que no sea una revelación de ellos.

Pero en esta ocasión, deberían estar brillantísimos, en un esplendor inusual.

Es natural también que el sol haya brillado de un modo magnífico, que el cielo haya quedado con colores variados, reflejando la gloria de Dios como en una verdadera sinfonía.

Es natural que las almas de las personas que estaban en la tierra hayan sentido esa gloria de un modo extraordinario, la verdadera manifestación del esplendor de Dios en la Santísima Virgen.

Ninguno de los esplendores de la naturaleza podía compararse con el esplendor personal de la Santísima Virgen subiendo al Cielo.

A medida que Ella iba subiendo, como en un verdadero monte Tabor, la gloria interior de Ella iba apareciendo a los ojos de los hombres.

El Antiguo Testamento dice de Ella: omnis gloria eius filia regis ab intus (Ps 44,10) – toda la gloria de la hija del rey le viene de adentro.

Con seguridad esa gloria interna de Ella se manifestó de modo más estupendo cuando, ya en lo alto de su trayectoria celeste, Ella miró una última vez a los hombres, antes de dejar definitivamente este valle de lágrimas e ingresar en la gloria de Dios.

Fue el hecho más esplendorosamente glorioso de la historia después de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo.

Comparable apenas con el día del Juicio Final, en que Nuestro Señor Jesucristo vendrá en grande pompa y majestad para juzgar a los vivos y a los muertos.

Junto con Él, toda reluciente de la gloria de Él, aparecerá también la Santísima Virgen. Nosotros debemos considerar ahí la impresión que tuvieron los apóstoles y los discípulos cuando La vieron subir al Cielo.

Plinio Corrêa de Oliveira
(Trechos de palestra pronunciada el 10 de agosto de 1968.
Sin revisión del autor).

 

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