24 de Mayo – Fiesta de María Auxiliadora

 

 

La fiesta de María Auxiliadora fue instituida por Pio VII por el Decreto del 16 de setiembre de 1816. Esa institución es la última y de las más afectuosas confirmaciones de la profecía de la propia Madre de Dios: “Y todas las generaciones me llamarán bienaventurada”.

El fin de la Iglesia, instituyendo esta fiesta, fue principalmente: 1) conmemorar un acontecimiento de los más notables de la historia del catolicismo, en que María de un modo patente mostró su poder; 2) aumentar en los fieles la confianza en María Santísima.

El acontecimiento fue el siguiente.

Napoleón, que sólo respetaba leyes y tradiciones cuando le convenía, detestaba al Papa Pio VII por él haberse negado a declarar inválido el matrimonio de Jerónimo Bonaparte, legítimamente casado con una protestante, hija de unos negociantes de América del Norte.

Sin tomarse el trabajo de procurar un pretexto plausible, mandó al general Miollis a ocupar Roma en su nombre, declarando: “Siendo yo emperador de Roma, exijo la restitución del Estado eclesiástico, donación de Carlomagno. Declaro finalizado el Imperio de los Papas”. Pio VII protestó contra esta arbitrariedad inaudita, y en la noche del 10 al 11 de junio de 1809, aparecía fijada en la puerta de la basílica de San Pedro la bula de excomunión contra el usurpador del trono de Francia.

En esa misma noche, a las 2 horas de la madrugada, el general Radet forzó el palacio del Quirinal, donde encontró al Sumo Pontífice, con todos sus ornamentos pontificales, sentado en uno de los inmensos salones del palacio abandonado, teniendo a sus pies al Cardenal Pacca.

El general Radet, sintiéndose criminal, a pesar de haber ido para prender al Santo Padre, dijo con voz trémula: “Me cabe la ejecución una orden desagradabilísima: habiendo, entretanto, prestado juramento de fidelidad y obediencia a mi emperador, debo cumplirla: en nombre del emperador os declaro que debéis renunciar al gobierno civil de Roma y a los Estados eclesiásticos y si os negares a eso, os llevaré al general Miollis”.

Pío VII respondió con voz firme y tranquila: “Juzgáis ser vuestro deber ejecutar las órdenes del emperador, a quien juraste fidelidad y obediencia. Debéis comprender de qué modo somos obligados a respetar los derechos de la Santa Sede, nosotros, que a ellos nos ligamos por tantos juramentos. No podemos renunciar a lo que no nos pertenece; el poder temporal pertenece a la Iglesia Católica y nosotros somos apenas su administrador. El emperador puede descuartizarnos, pero de lo que él nos pide nada le daremos”.

Radel condujo al Sumo Pontífice y al Cardenal Pacca a un carruaje. El calvario del Augusto Anciano, había comenzado hacía poco con la invasión de Roma, que estaba aún en su comienzo. Todas la personas que rodeaban al Sumo Pontífice, y merecían su confianza, habían sido alejadas, para que el aislamiento aumentase aún sus angustias. El Breviario le fue prohibido.

El Anciano Representante de Cristo en la tierra no fue conducido al general Miollis, sino que su prisión rodante tomó el camino de Francia. Mientras la noticia del pasaje del Sumo pontífice se difundía, las poblaciones acudían a lanzarse a los pies de Su Santidad, y Pio VII, por la ventana de su carruaje, bendecía a los fieles.

La alimentación, entretanto, de los prisioneros, como los denominaron los masones de Francia, era tan minguada, que Su Santidad, debilitado, cayó gravemente enfermo.

Fue durante sus tribulaciones, estando Pio VII moribundo en Savone, y los enemigos de la Iglesia hablando del último de los papas, que el voto de coronar solemnemente a la Santísima Virgen fue hecho por Pio VII.

En 1812 el Papa fue transportado a París, donde sufrió los mayores vejámenes. Inesperadamente, sin embargo, las cosas cambiaron. Napoleón perdió la batalla de Leipzig y tuvo que, poco tiempo después, firmar su abdicación en el mismo castillo en que mantenía preso al Sumo Pontífice.

Pío VII volvió inmediatamente a Savone, donde, en presencia de SS. MM la reina de Etruria y el rey de Serdeña, y de un número enorme de Cardenales, coronó la imagen de  la Madre de Misericordia, haciendo en seguida su solemne entrada en Roma, entusiásticamente aclamado por la multitud.

Mientras el Papa volvía al pleno gozo de sus derechos, Napoleón esperaba en Santa Helena la hora de prestar cuentas a Aquél que no se apura en tomarlas.

Pío VII atribuyó la victoria de la Iglesia sobre las fuerzas de la Revolución, a la poderosa intercesión de María Santísima. Y a los católicos, hoy tan perseguidos en tantos países, es prudente recordarles que si aún hay perseguidores vulgares como Napoleón, la Madre de Dios también continúa a ser la misma dispensadora de gracias.

Legionario, 21 de mayo de 1939
Fuente: pliniocorreadeoliveira.info

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1 comment for “24 de Mayo – Fiesta de María Auxiliadora

  1. Costa Marques
    23 de mayo de 2018 at 17:46

    Muito interessante recordar o episodio historico da insolencia e usurpação de Napoleão quanto a Roma. Sendo amanhã festa de Nossa Senhora Auxliadora – Auxilio dos Cristãos – vamos rogar á Ela que nos livre dos males de nosso tempo, a saber a desagregação da familia, a crise interna na Santa Igreja. Costa Marques

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