27 de noviembre – Fiesta de la Nuestra Señora de las Gracias

 

 

 

 

La vidente de la Medalla Milagrosa

Durante muchos años nadie supo cómo surgió la Medalla Milagrosa. Recién en 1876 se hizo público que una humilde religiosa, fallecida aquel año, fue quien recibió de la Madre de Dios la revelación de esa medalla.

En la pequeña aldea de Fain-les-Moutiers, en la Borgoña (Francia), nació el 2 de mayo de 1806 Catalina, la novena de los once hijos de Pedro y Luisa Labouré, honestos y religiosos agricultores.

Cuando apenas tenía nueve años, Catalina perdió a su madre. Después del funeral, la niña subió a una silla en su cuarto, tomó una imagen de la Santísima Virgen que estaba en la pared, la besó y le pidió que se dignase sustituir a su fallecida madre.

Tres años después, su hermana mayor entró al convento de las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul. Le correspondió a Catalina y a su hermana Tonette, de doce y diez años respectivamente, asumir todas las responsabilidades domésticas. Fue durante esa época que recibió la Primera Comunión. A partir de entonces la niña pasó a levantarse todos los días a las cuatro de la mañana, para asistir a Misa y rezar en la iglesia de su aldea. A pesar de los innumerables quehaceres, no descuidaba su vida de piedad, encontrando siempre tiempo para la meditación, oraciones vocales y mortificaciones.

San Vicente de Paul le señala su vocación

El tiempo fue pasando, y Catalina creciendo en gracia y santidad. Cierto día soñó que estaba en la iglesia y veía a un sacerdote ya anciano celebrando la Misa. Cuando ésta terminó, el sacerdote le hizo una señal con el dedo, llamándola para que se acercase. Pero Catalina, por timidez, se retiró del recinto sagrado para ir a visitar a un enfermo. Sin embargo, al salir encontró otra vez al mismo sacerdote, quien le dijo: “Hija mía, cuidar de los enfermos es una buena obra; ahora huyes de mí, pero un día me buscarás. Dios tiene designios sobre ti, nunca lo olvides”. Catalina despertó sin entender el significado del sueño.

Catalina tuvo varias visiones del santo, y sobre todo de su corazón, que estaba incorrupto.

Primera visión de la Santísima Virgen

En la víspera de la fiesta de San Vicente de 1830, cuando todo en el convento estaba tranquilo y todos dormían, a las once y media de la noche, la Hna. Catalina oyó la voz de un niño que la llamaba. Abrió la cortina del lecho y vio a un chico de unos cinco años de edad, que le dijo: “Venga a la capilla. La Santísima Virgen la espera”. Catalina se vistió rápidamente y siguió al niño hasta la capilla, que estaba iluminada como para la Misa de Navidad.

El pequeño, que era el Ángel de la Guarda de Catalina, la condujo al presbiterio, al lado de la silla de brazos del Padre Director. Ahí ella se arrodilló. Después de un tiempo que le pareció largo, oyó el ruido del frufrú de un vestido de seda y vio a la Santísima Virgen sentarse en la silla. Deslumbrada, Catalina nos cuenta: “Di un salto hacia ella, poniéndome de rodillas sobre los escalones del altar y con las manos apoyadas sobre las rodillas de la Santísima Virgen. Fue el momento más dulce de mi vida. Me sería imposible expresar todo lo que sentí”. Y agrega: “Ella me dijo cómo yo debía proceder con relación a mi director, como debía proceder en las horas de sufrimiento y muchas otras cosas que no puedo revelar”.

Revelación extraordinaria de la Medalla Milagrosa

El día 27 de noviembre de 1830, Catalina había terminado de hacer la lectura de su meditación en la capilla, cuando oyó el característico frufrú de un vestido de seda. Miró al costado y vio a la Santísima Virgen vestida de blanco, sobre una media esfera. Tenía en las manos una bola que representaba al globo terrestre, y miraba hacia el Cielo.

“De repente – narra Catalina – percibí anillos en sus dedos, engastados con piedras brillantes, unas más grandes y más bellas que las otras, que despedían rayos también unos más bellos que otros”. Nuestra Señora le explicó que tales rayos simbolizaban las gracias que derramaba sobre las personas que las pedían.

Continua Catalina: “Se formó un marco ovalado alrededor de la Santísima Virgen, en lo alto del cual estaban escritas con letras de oro estas palabras: ¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a vos!

Al mismo tiempo, una voz le dijo que mandase acuñar una medalla según aquel modelo, con la promesa de que todas las personas que la lleven al cuello recibirían muchas gracias, pero “serán abundantes para los que la usen con confianza”.

Instantes después el cuadro giró sobre sí mismo, y Catalina vio el reverso de la medalla.

Difusión de la Medalla y gracias recibidas

Catalina preguntó a la Santísima Virgen a quien debía recurrir para la confección de la medalla. La Madre de Dios le respondió que debía buscar a su confesor, el Padre Juan María Aladel: “Él es mi servidor”. Al inicio, el P. Aladel no creyó en lo que Catalina decía; pero, después de dos años de insistencia, le expuso el caso al Arzobispo de París, quien ordenó el 20 de junio de 1832 que fuesen acuñadas dos mil medallas.

El modo cómo se difundieron las medallas fue tan prodigioso, junto al gran número de gracias operadas, que la medalla pasó a ser conocida como la Medalla Milagrosa. Por ejemplo, en marzo de 1832, cuando iban a ser confeccionadas las primeras medallas, una terrible epidemia de cólera, proveniente de Europa oriental, alcanzó a París. Más de dieciocho mil personas murieron en pocas semanas. En un solo día, llegaron a producirse 861 muertes.

A fines de junio, las primeras medallas quedaron listas y comenzaron a ser distribuidas entre los contagiados. En ese mismo instante la peste amainó, y se iniciaron, uno tras otro, los prodigios que en pocos años harían mundialmente célebre a la Medalla Milagrosa.

La misión de Catalina Labouré estaba cumplida. Los 46 años que le restaron de vida, los pasó como una humilde hermana, de la cual prácticamente nada habría que decir. Sólo cuando se aproximó su muerte, en 1876, su superiora supo que ella había sido la privilegiada hermana que recibiera aquella sublime misión.

Fue beatificada por el Papa Pío XI en 1933 y canonizada el día 27 de julio de 1947 por el Papa Pío XII.

Cincuenta y seis años después de su muerte, el cuerpo de Catalina fue encontrado enteramente incorrupto, y es así como se encuentra hasta hoy en la capilla de las Hermanas de la Caridad, en la Rue du Bac, en París.  

Fuente: tesorosdelafe
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