Del corazón de las madres al corazón de los hijos: Doña Lucilia Ribeiro dos Santos

 

Del libro Plinio Corrêa de Oliveira: El cruzado del siglo XX
Autor: Roberto de Mattei

Lucilia Ribeiro dos Santos, madre de Plinio, había nacido el 22 de abril de 1876 en Pirassununga, en el Estado de São Paulo, siendo la segunda de cinco hijos. Su infancia se había desarrollado en un ambiente doméstico tranquilo y aristocrático, iluminado por la figura de sus padres Antonio (1848-1909), uno de los mayores abogados de aquel tiempo en São Paulo, y Gabriela (1852-1934).  En 1893 la familia se había trasladado a São Paulo, a un palacete del barrio señorial de los Campos Elíseos. Aquí, a la edad de treinta años, Lucilia contrajo matrimonio con el abogado João Paulo Corrêa de Oliveira, transferido a São Paulo desde el Nordeste de Brasil, tal vez por sugerencia del tío, el Consejero João Alfredo.

Mientras Doña Lucilia esperaba el nacimiento de Plinio, su médico le anunció que el parto sería arriesgado y que probablemente ella o el niño morirían. Le preguntó entonces si no preferiría abortar para evitar poner en riesgo la propia vida. Doña Lucilia respondió de manera tranquila pero firme: “!Doctor, ésta no es una pregunta que se pueda hacer a una madre! Vd. ni siquiera debería haberla pensado”. Este acto heroico revela la virtud de una vida entera.

“La virtud – escribe Mons. Trochu – pasa fácilmente del corazón de las madres al corazón de los hijos”. “Criado por una madre cristiana, valerosa y fuerte – escribe de su madre el P. Lacordaire – la religión pasó de su pecho al mío, como una leche virgen y sin amargura [65]. En términos análogos Plinio Corrêa de Oliveira recordó deber a Dona Lucilia la impronta espiritual que desde la infancia marco su vida.

«Mi madre me enseñó a amar a Nuestro Señor Jesucristo, me enseñó a amar la Santa Iglesia Católica”.

La nota predominante del alma de Dona Lucilia era la de la piedad y de la misericordia. Su alma se caracterizaba por una inmensa capacidad de afecto, de bondad, de amor materno que se proyectaba más allá de los dos hijos que le había dado la Providencia.

“Ella poseía una enorme ternura – decía Plinio Corrêa de Oliveira – fue afectuosísima como hija, afectuosísima como hermana, afectuosísima como esposa, afectuosísima como madre, como abuela y hasta como bisabuela. Ella llevó su afecto hasta donde le fue posible. Pero tengo la impresión de que en ella algo es la tónica de todos esos afectos: ¡es el hecho de ser, sobre todo, madre! Ella poseyó un amor desbordante no sólo a los dos hijos que tuvo, sino también hacia hijos que ella no tuvo. Se diría que ella era hecha para tener millones de hijos y que su corazón palpitaba del deseo de conocerlos”.

Quien no ha conocido a Dona Lucilia puede intuir su fisonomía moral a través de la imagen que transmiten algunas expresivas fotografías y a través de los numerosos testimonios de quien la recuerda en su prolongada edad. Ella representaba el modelo de una perfecta señora que habría encantado a un San Francisco de Sales en la búsqueda de su modelo de Filotea. Se puede imaginar que Doña Lucilia educase a Plinio con las mismas palabras que San Francisco Javier dirigió a su hermano cuando lo acompañaba una tarde a una recepción: “Soyons distingués ad majorem Dei gloriam”.

La perfección de las buenas maneras es el fruto ascético que sólo se puede alcanzar con una educación destilada a lo largo de siglos o con un eximio esfuerzo de virtud, como el que se encuentra a veces en los conventos contemplativos, en los que es impartida una educación regia a las jóvenes novicias.

Por lo demás, el hombre es hecho de alma y cuerpo. La vida del alma está destinada a manifestarse sensiblemente a través de la del cuerpo, la caridad a manifestarse en actos externos de cortesía. La cortesía es un rito social alimentado por la caridad cristiana, también ordenada a la gloria de Dios. “La cortesía es para la caridad lo que la liturgia es para la oración: el rito que la expresa, la acción que la encarna y la pedagogía que la suscita. La cortesía es la liturgia de la caridad fraterna”.

Lucilia Ribeiro dos Santos encarnaba lo mejor del espíritu de la antigua aristocracia paulista. En la gentileza de antiguo cuño de madre, expresión de su caridad sobrenatural, el joven Plinio vio un amor al orden cristiano llevado a las consecuencias extremas y un rechazo igualmente radical por el mundo moderno y revolucionario que se consolidaba.

El trato aristocrático y la afabilidad de las maneras fue desde entonces una constante de su vida. Plinio Corrêa de Oliveira, que en los modos recordaba al Cardenal Merry del Val, el gran Secretario de Estado de San Pio X, célebre por la humildad de su alma y la perfección de las buenas maneras, sabia estar magníficamente en sociedad. Su porte era ejemplar, su conversación inagotable y fascinante.

La Providencia dispuso que esta impronta fuese alimentada y renovada por una convivencia cotidiana que se prolongó hasta 1968, cuando Dona Lucilia murió a los 92 años.

Fuente; pliniocorreadeoliveira.info

 

 

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