DOMINGO DE PASCUA

La Iglesia inmortal resurge de sus pruebas, gloriosa como Cristo

Plinio Corrêa de Oliveira

La regularidad con que se suceden en el calendario de la Iglesia los varios ciclos del año litúrgico, imperturbables en su sucesión, por más que los acontecimientos de la historia humana varíen en torno de ellos, y los altos y bajos de la política y de las finanzas continúen su corrida desordenada, es bien una afirmación de la celestial majestad de la Iglesia, altanera al vaivén caprichoso de las pasiones humanas.

Altanera, pero no indiferente. Cuando los días dolorosos de la Semana Santa transcurren en épocas históricas tranquilas y felices, la Iglesia, como madre solícita, se sirve de ellos para reavivar en sus hijos la abnegación, el sentido del sufrimiento heroico, el espíritu de renuncia de la trivialidad cuotidiana y la completa dedicación a ideales dignos de dar un sentido más alto a la vida humana. “Un sentido más alto” no es decir bien. Es el único sentido que la vida tiene: el sentido cristiano.

Pero la Iglesia no es apenas Madre cuando nos enseña la gran misión austera del sufrimiento. Ella también es Madre cuando, en los extremos del dolor y aniquilación, Ella hace brillar ante nuestros ojos la luz de la esperanza cristiana, abriendo delante de nosotros los horizontes serenos que la virtud de la confianza pone a los ojos de todos los verdaderos hijos de Dios.

Así, la Santa Iglesia se sirve de las alegrías, vibrantes y castísimas de la Pascua, para hacer brillar ante nuestros ojos, aún en las tristezas de la situación contemporánea, la certeza triunfal de que Dios es el supremo Señor de todas las cosas, de que su Cristo es el Rey de la gloria, que venció a la muerte y aplastó al demonio, de que su Iglesia es reina de inmensa majestad, capaz de rehacerse de todos los escombros, de disipar todas las tinieblas, y de brillar con más luminoso triunfo, en el momento preciso en que parecía esperarla la más terrible, la más irremediable de las derrotas.

*   *   *

La alegría y el dolor del alma resultan necesariamente del amor. El hombre se alegra cuando tiene lo que ama, y se entristece cuando lo que ama le falta.

El hombre contemporáneo pone todo su amor en cosas de superficie, y por eso sólo los acontecimiento de superficie – de la superficie más próxima a su minúscula persona – lo emocionan. Así, lo impresionan sobre todo sus desgracias personales y superficiales: la salud alterada, la situación financiera vacilante, los amigos ingratos, las promociones que tardan, etc. De hecho, entretanto, todo eso es secundario para el verdadero católico que cuida antes que nada de la mayor gloria de Dios, y por lo tanto de la salvación de su propia alma, y de la exaltación de la Iglesia.

Por eso, el mayor sufrimiento del católico debe consistir en la condición presente de la Santa Iglesia.

Sin duda, esa situación tiene mucho de consolador. Entretanto, sería un error negar que la apostasía general de las naciones continúa en un crescendo asustador; que la tendencia al paganismo se desarrolla vertiginosamente en las naciones heréticas o cismáticas que conservaban aún algunos resquicios de sustancia cristiana. En las propias filas católicas, a la par de un renacimiento promisor, se puede observar la marcha progresiva del neopaganismo: se depravan las costumbres, se limitan las familias, pululan las sectas protestantes y espiritistas.

A despecho de tantos motivos de tristeza, de motivos que hacen presagiar quizá, para el mundo entero, una catástrofe no distante, continúa la esperanza cristiana. Y la razón de esto nos es enseñada por la propia fiesta de Pascua.

*   *   *

Cuando Nuestro Señor Jesucristo murió, los judíos sellaron su sepulcro, lo guarnecieron con soldados, juzgaron que estaba todo terminado.

En su impiedad, ellos negaban que Nuestro Señor fuese Hijo de Dios, que fuese capaz de destruir la prisión sepulcral en que yacía, que, sobre todo, fuese capaz de pasar de la muerte a la vida. Ahora bien, todo ese se dio. Nuestro Señor resucitó sin ningún auxilio humano, y bajo su imperio la pesada piedra del sepulcro se movió leve y rápidamente, como una nube. Y Él resucitó.

Así también la Iglesia inmortal puede ser aparentemente abandonada, manchada, perseguida. Ella puede yacer, derrotada en la apariencia bajo el peso sepulcral de las más pesadas pruebas. Ella tiene en sí misma una fuerza interior y sobrenatural que le viene de Dios, y que le asegura una victoria tanto más espléndida cuanto más inesperada y completa.

Esa gran lección del día de hoj, el gran consuelo para los hombres rectos que aman sobre todo a la Iglesia de Dios: Cristo murió y resucitó.

La Iglesia inmortal resurge de sus pruebas, gloriosa como Cristo, en la radiante aurora de su Resurrección.

O Legionário No 660, 10 de abril de 1945

Fuente: pliniocorreadeoliveira.info

Convide a sus parientes y conocidos a que acompañen este blog Familia Uruguaya Cristiana. Envíeles el link del blog: http://familiauruguayacristiana.com.uy

Contáctenos

 

Haga su comentario