La ASCENSIÓN de Nuestro Señor Jesucristo y la Sagrada Eucaristía

 

Plinio Corrêa de Oliveira

Si una persona asistiese a la Crucifixión de Nuestro Señor Jesucristo y viese todo lo que pasó, si ella tuviese fe y supiese que después vendría la Resurrección y la Ascensión al Cielo, podría preguntarse: ¿después de la Ascensión nunca más Nuestro Señor volvería al convivio entre los hombres? ¿Hasta el fin del mundo Él estaría ausente de la Tierra? ¿Eso sería arquitectónico? ¿Es razonable esa ausencia, siendo que él hizo por la humanidad todo lo que hizo?

Y la respuesta que se me ocurrió fue la siguiente: siendo que Nuestro Señor inmoló su vida de aquel modo terrible; siendo que Él rescató al género humano; siendo que, por la Redención, condescendió en contraer con los hombres que Él salvó una relación tan especial; siendo que estableció la Iglesia como la cabeza del Cuerpo Místico, Él estará continuamente presente en la Tierra hasta el fin del mundo. De modo que él pasó a ser el alma de nuestra propia alma, el principio motor de toda nuestra vida, en lo que ella tiene de más noble y elevado, que es la vida sobrenatural, la vida espiritual.

Siendo así, entonces nosotros deberíamos aceptar como verdadero que Él subiese a los Cielos, pero que la presencia real de Él en la Tierra sería sentida.

La cuestión de que, por un lado tanta unión, pero por otro tan completa, prolongada e irremediable separación, se puede responder que todo clamaba, todo gritaba, todo suplicaba que Nuestro Señor Jesucristo no se separase de los hombres.

Y una persona con sentido arquitectónico debería entrever que Nuestro Señor crearía un medio de estar siempre presente en la Tierra, siempre presente junto a cada uno de los hombres por Él redimidos. De tal modo que hubiese la Ascensión, pero que él, al mismo tiempo, estuviese siempre en el Cielo en el trono de gloria que Le es debido, acompañase paso a paso el camino doloroso de cada hombre aquí en la Tierra. Siendo así, Él estaría entre nosotros durante todos los dolores de la vida y hasta el momento extremo en que el hombre dijese a su vez: “consummatum est”.

Sagrada Eucaristía: convivio verdaderamente sublime

¿Cómo es que esa maravilla – la divina y permanente presencia de Nuestro Señor Jesucristo – se haría? No se podría adivinarla. Pero los hombres deberían quedarse sumamente esperanzados de que una maravilla así se realizase. De tal manera está en las más altas conveniencias de la cualidad redentora de Nuestro Salvador hacer por nosotros esa maravilla, que se debería esperar por ella.

Y creo que, si yo asistiese a la Crucifixión y supiese de la Ascensión al Cielo, aunque no supiese de la existencia de la Eucaristía, yo comenzaría a procurar a Jesucristo por la Tierra, porque no conseguiría convencerme de que Él hubiese dejado de convivir entre los hombres.

Esa convivencia verdaderamente maravillosa se realiza exactamente por medio de la Eucaristía.

En todos los lugares de la Tierra, y en todos los momentos, Él está presente. Está presente tanto en las catedrales opulentas como en las iglesitas pobres. Cuantas veces, viajando por alguna carretera, encontramos unas capillitas miserables, minúsculas, que darían para acoger apenas a unos veinte o treinta campesinos viviendo dispersados a lo largo de enormes descampados. Se pasa por ellas y uno se conmueve pensando: Nuestro Señor Jesucristo estuvo, está o estará realmente presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en aquella capillita. Presente con toda la gloria del Tabor, con toda la sublimidad del Gólgota, presente con todo el esplendor de la divinidad en esa minúscula capilla. De tal modo él multiplicó por la Tierra su presencia adorable.

Trechos de conferencia del 8/4/1971. Sin revisión del autor

Fuente: pliniocorreadeoliveira.info

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