La “Copa Potemkin” y los gemidos de la MISERIA PROFUNDA en RUSIA

En Siberia, muchos rusos ni supieron que en Rusia se disputó una Copa Mundial, reporteó Jamil Chade, enviado especial del diario brasileño O Estado de S. Paulo, desde Zhunmurino, República de Buriacia.

Esa república está casi en la frontera con Mongolia. Ahí el periodista recogió respuestas inciertas, fruto de la ausencia de informaciones de lo que está pasando en Rusia.

Irónicamente, mal sabía sobre la Copa hasta un monje budista tenido como agorero que prevé el futuro, cura enfermedades y predice la lluvia.

En Buriacia, hasta ese vidente desconocía la existencia de la Copa Mundial. “No sé”, lamentó.

Menos pretenciosa, la productora de leche Lyubila Tserenyona decía que “hoy jugamos contra Argentina, o algo así…”.

La selección rusa no le decía mucha cosa. “Soy del pueblo buriato. No soy rusa. Pero vivimos en Rusia y vamos a hinchar por Rusia en la Copa”, explicó.

La República de Buriacia queda a más de 5.100 km. de Moscú, en Siberia Oriental, donde las temperaturas pueden llegar a 30 grados bajo cero durante semanas.

En la vecina provincia de Irkutsk, a pesar de tener acceso a las imágenes de los partidos, la Copa fue vista con somnolencia. O no fue acompañada en su totalidad.

Ninguna referencia se veía en el aeropuerto o en las carreteras. La población no tenía ni siguiera una camisa de la selección, y los héroes deportivos son los jugadores de hockey sobre hielo del lugar.

 

“Esos jugadores [de futbol] son de la Rusia europea. Nosotros somos de la Rusia asiática”, explicaba un estudiante en uno de los pocos bares de Irkutsk que mostraba el partido contra Uruguay.

Baikalsk, de 14.000 habitantes, en la provincia de Irkutsk, es una de las 142 ciudades de Rusia que están a punto de desaparecer.

La única fábrica, hecha en 1966, es del tiempo de la Unión Soviética. El Estado es el único que emplea, y la fábrica estaba en el complejo militar soviético.

Pero la “nueva-Rusia” no se desestatizó. Putin tiene otros objetivos en mente y el dinero para modernizar esas más de cien ciudades al borde del colapso fue desviado para promover la imagen triste de su régimen.

El Kremlin gastó 50 mil millones en Sochi para los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014 y, oficialmente, otros 11 mil millones en la Copa Mundial, número ese que puede ser bien mayor.

Decenas de ciudades entraron en colapso, y el destino de decenas o centenas de millares de seres humanos fueron sacrificados en aras de la guerra psicológica putinista.

El periodista vio caballos pastando en el patio de la fábrica de Baikalsk, entre paredes deterioradas y techos amenazando caerse.

Ludmila, vendedora de legumbres contó que su marido, que se quedó sin empleo, pasó a beber y a maltratarla, hasta que se separaron, y él murió víctima del alcoholismo.

Obviamente, preocupada en sobrevivir, Ludmilla ni sabía que Rusia jugaba ese día.

Y Svetlana Nikolaivna, vendedora de pescado, también de Baikalsk, se refería a la realidad, que es patética: “¿qué mudará en mi vida si Rusia ganar? Toda la juventud ya se fue de la ciudad. Si los viejos no trabajan, ¿quién va a trabajar?

El verdadero rostro de la Rusia profunda, lejos de Moscú y San Petersburgo, está a años luz de la imagen que el presidente Vladimir Putin quiso pasar al mundo en la Copa, observa el diario citado.

La Rusia supuestamente soberana, moderna y sofisticada es de hecho un espejismo. La realidad es que el país se hundió aún más que en el tiempo de la miserable URSS comunista.

En las ciudades de Siberia, como en las de Irkutsk, 25% de la población vive hoy abajo de la línea de pobreza. “La periferia de la provincia es el retrato de una región abandonada“, atestigua el periodista.

Los indicadores de la Caritas, organización humanitaria de la Iglesia Católica, apuntan que en Rusia hay 30 millones de niños, y 15 millones de ellos viven abajo de la línea de pobreza. En Siberia son prácticamente todos.

El número de niños de la calle, en Siberia, es el mayor desde el fin de la Guerra Fría. Según la Caritas, 4% de los menores son huérfanos y las altas tasas de desempleo y la baja renta causan la desnutrición y la falta de acceso a la educación.

Las familias sin religión se deshacen pronto. Y los católicos son una pequeña minoría mal vista por régimen putinista, que promueve la iglesia dicha “ortodoxa”, instrumento dócil del régimen, vacía de religión y moral.

El uso de drogas aumentó 500% en 20 años y 30% de las muertes de jóvenes son atribuidas al alcoholismo.

Los casos de SIDA saltaron en más de 19% sólo en el último año.

La expectativa de vida bajó a 55 años en 2017.

Y eso mientras la propaganda del régimen habla en Occidente de un extraordinario resurgimiento familiar, moral y religioso en Rusia bajo la inspiración de Vladimir Putin, el nuevo Carlomagno, o Constantino, surgido en Oriente.

La Copa Mundial reprodujo la estratagema otrora puesta en práctica por el mariscal duque Grigori Potemkin (1739-1791) para agradar a la tiránica zarina Catalina II de Rusia, la Grande, en viaje por Crimea. (Cfr. Wikipedia, verbete Pueblo Potemkin.

Él mandó pintar fachadas de casas en empalizadas a lo largo de la carretera que recorrería la zarina, en un trecho calculado.

Las pinturas representaban pueblos idílico en la recién conquistada Crimea y encubrían la situación catastrófica de la región.

El servil Potemkin mostraba a la zarina, desde lo alto de algunas colinas, nuevas aldeas donde supuestamente vivían personas. Las aldeas, de lejos, mostraban un aspecto idílico e impecable.

El astuto mariscal recomendaba a la zarina que no se aproximase, por cuestiones de seguridad. y así, ella no habría percibido los bastidores engañosos, y no habría encontrado al pueblo en la más completa miseria.

Después que pasaba la zarina Catarina la Grande, la ficticia aldea era desmontada y llevada a otro lugar para que la zarina viese.

Se dice que la zarina volvió engañada y convencida de que las políticas para el bienestar del pueblo eran correctas.

Viendo los modernos estadios y la máquina de seguridad de la Rusia 2018, muchos pueden haber quedado impresionados por las apariencias.

Pero esas apariencias, en verdad, costaron la desgracia de incontables rusos y escondieron la desgarradora miseria material y moral reinante en la inmensa Rusia.

Muchos terminaron retornando a su países o apagando la TV sin percibir que asistieron a una “Copa Potemkin“.

Fuente: flagelorusso

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