La edad preescolar

En los niños, de ordinario entre los 3 y los 5 años de edad no se ha despertado aún, al menos de un modo completo, el sentido moral. A mitad del camino entre la inconsciencia de la más tierna edad y el contacto racional con la vida, la principal ocupación es el juego: el niño recorta cartones o garrapatea unos dibujos sin sentido; la niña viste y desviste una muñeca.

Se produce el primer contacto – esto depende de cada familia, pero sobre todo de las mamás – con el mundo invisible; el niño aprende las primeras oraciones; sabe que hay un Dios, el Niño Jesús; que hay cosas prohibidas, aun cuando ignore la malicia de las mismas; agarra lo que es de mamá, sin percatarse de que ello es un robo; no dice siempre la verdad, sin saber del todo que el mentir es algo malo, y cuando miente, lo hace más por instinto que por ingénita perversión. Por un beso iría al otro cabo del mundo, y más lejos aún por un chocolate.

Hay que aprovechar esa edad prodigiosa.

Puesto que el niño es un ser muy imaginativo, hay que sugerirle imágenes; mas, como necesita ser educado, las imágenes han de ser elevadas. ¿Por qué no hemos de utilizar las vidas de algunos santos, en especial las vidas de Jesús y de María?

No se le digan inexactitudes. El niño, a esa edad, es de una docilidad extremada. “Lo dijo papá”, “lo dijo mamá”; en consecuencia, es cosa sagrada. Cuidado, pues, con los cuentos que se le narran, con las conversaciones que con él se mantienen.

El niño, a esa edad, se siente inclinado a referir a sí todas las cosas; pero es muy propenso, asimismo, al desinterés y a la bondad. De suyo es egoísta por instinto; posee un sentido terrible de la propiedad: no reparte nada; lo quiere todo para sí. Como tiene muchas necesidades y sabe que es pequeño, procura rodearse del mayor número posible de cosas útiles.

Mas, si poco a poco se le adiestra a mirar a su alrededor, a ver que existen otros seres menos privilegiados que él; si se le inculca la idea de que es cosa loable desprenderse de algo por amor a los demás, descubriremos en él unas generosidades insospechadas.

Al niño, a esa edad, le es innata la sencillez; es puro. Pero conviene no escandalizar al menor de esos pequeñitos; evitarle el espectáculo del mal, de la impureza aun material, de la mentira, de la cólera.

Es preciso llamarle una y otra vez la atención, reiterar las órdenes, sin impaciencia de parte nuestra ni fatiga de parte suya.

Debe prestarse atención a las maneras, a sus pequeñas comidas, a los primeros síntomas que revelen glotonería, pereza, indisciplina, sensualidad.

No hay que desanimarse si los resultados no son enteramente satisfactorios.

Dice Jesucristo en el Evangelio: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).

Fuente: tesorosdelafe

 

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