La tragedia de París vista en 1941 – ¿Y hoy?

PARIS - 129Considerando el drama que está viviendo en estos días París, ciudad de bendiciones y de pecados inmensos, transcribimos a continuación un artículo de Plinio Corrêa de Oliveira – del 16 de noviembre de 1941 – en la publicación brasileña O Legionário.

En él, el conocido autor católico da una visión de dos aspectos de París – el pecaminoso culpado y el católico sobrenatural – que parece escrito para nuestros días con mirada profética.

El artículo consideraba a situación deplorable en que había caído la capital francesa durante la II Guerra Mundial.

Omitimos los párrafos referentes a la época y reproducimos partes del problema de fondo que la ofensiva islámica reaviva en nuestros días.

La tragedia de París

PCONo es éste el lugar ni el momento de intentarse un proceso contra la cultura francesa. Es cierto que, de Francia, nos han venido muchas simientes de corrupción y de impiedad.

Nos sea lícito, entretanto, narrar a este propósito un episodio significativo. Cierta vez, se encontraba un obispo brasileño, y uno de los más insignes, presentes a una cena de prelados franceses.

Durante la comida, el obispo brasileño tuvo una conversa con un obispo vecino, al cual comunicó su pesar por la onda de inmoralidad y de escepticismo que nos venía de Francia.

Y el prelado francés, con aquella finura cortés que caracteriza al espíritu de su tierra y de su gente, le dio la siguiente respuesta: es cierto que Francia exporta mucha cosa lamentable, pero ¿quién hace las encomiendas? ¿No serán por ventura las naciones extranjeras?

En efecto, la Francia del siglo XIX, por ejemplo, no produjo apenas un monstruo como Gambetta, un impío como Renán, o actrices livianas como las que en las “boites” de Montmartre escandalizaban a los viajantes del mundo entero.

Produjo también un Luiz Veillot, um Ozanam, un Montalambert, un Lacordaire, y una rosa de pureza y de candor como Santa Teresita del Niño Jesús.

Si la humanidad entera, en lugar de embriagarse en las fuentes de talento y de santidad que nunca se estancaron en las tierras de Francia, se iba a saciar en los antros de corrupción o en las obras de los apóstatas, de ¿quién era la culpa? ¿Sólo de Francia?

Dicho todo esto, bien se ve que París cometió graves pecados y sufre inmensos castigos.

La capital de Francia, de la hija primogénita de la Iglesia, fue durante mucho tiempo, autora de escándalos sin fin.

Se circundó de luces, y fue llamada la Ciudad-Luz. Se llenó de alegrías profanas, y fue llamada metrópolis mundial de la alegría.

En sus museos, en sus cenáculos intelectuales, en sus galerías artísticas, no prestó culto solamente a la verdad, a la belleza y al bien, sino que también puso su talento al servicio del error, del mal y de la ignominia.

Por eso mismo, bajó sobre ella una catástrofe apocalíptica. Se apagaron las luces de la Ciudad-Luz. Se silenciaron los cánticos joviales de su pueblo siempre alegre.

La ruina en que está París [en 1941, durante la Segunda Guerra Mundial] recuerda, punto por punto, las grandes desgracias que, en la narración del Antiguo Testamento se abatían sobre Jerusalén cuando ésta violaba sus deberes.

En la cabecera de esa gran agonía, ¡cuántos profetas se fueron acumulando! En su mayoría son profetas que afectan a los sentimientos de dolor de Jeremías, apenas para poder recriminar a Francia más fácilmente. Es el lobo asumiendo aires de oveja…

No será esa nuestra actitud. Aunque reconociendo, con la tristeza con que los profetas reconocían la culpabilidad de Jerusalén, que París está muy lejos de ser una ciudad inocente, es con el corazón pesado de amarguras que comentamos la desgracia en que cayó.

En efecto, tenía París una misión histórica en la Cristiandad. Y su ruina debe ser llorada por nosotros, como los profetas lloraban la ruina de Jerusalén, dejando trasparecer a través del llanto las esperanzas y el deseo de una resurrección.

Si la desgracia de París fue merecida, adoremos y besemos la Mano Divina que permitió la punición.

No por eso, entretanto, disculpemos a aquellos a quien se debe tan gran desgracia.

Creer en los designios de la Providencia no es, por cierto, justificar, disculpar, o al menos atenuar toda la gravedad de la infracción que la desgracia de París representa cuanto a las leyes de la moral internacional.

¿Quién no ve ahí la enormidad del castigo?

Pero si Dios pune así esa ciudad, ¡qué punición hay, con esto, para toda la Cristiandad!

¡La antigua capital de los Reyes Cristianísimos, hoy [1941] tomada por las tropas del neo-paganismo! De lo alto del cielo, ¿qué dirán San Luis y Santa Juana de Arco?

En esta hora de desgracia, no maldigamos a París, no aplaudamos a los que la oprimen, no seamos cómplices de los que la desuelan.

Recemos por París.

Si de las cenizas de esa terrible penitencia renacer una ciudad convertida, ¿qué más podemos desear para Francia, que es y será siempre la Primogénita de la Iglesia?

Plinio Corrêa de Oliveira
(O Legionário, No 479, 16 de noviembre de 1941)
Para ver la materia completa clique aquí.

URUGUAY - BLOG - Rectangulo despues de las materias - 4

Convide a sus parientes y conocidos a que acompañen este blog Familia Uruguaya Cristiana. Envíeles el link del blog: http://familiauruguayacristiana.com.uy 

Contáctenos

Haga su comentario