Milagros de la FIDELIDAD CATÓLICA bajo la PERSECUCIÓN COMUNISTA

Wang Jie es un diácono católico que se prepara para el sacerdocio en la llamada “Iglesia clandestina” (fiel a Roma).

Su nombre es ficticio, pues corre el riesgo de caer en las manos de la policía comunista. Narró su historia a ACIDigital.

Él nació “en una región donde la mayoría de las personas es pagana”. Ninguno de sus parientes era católico y sus padres “nunca habían oído la palabra “cristianismo“.

Pero un día su madre se enfermó y los hospitales no conseguían curarla. Fue entonces que vieron una cruz en un lugar que ellos imaginaron ser un centro médico. Pero en realidad era una iglesia católica donde una religiosa curó a la madre de Wang.

Ellos volvieron para agradecer a aquella “señora” y la religiosa les fue hablando poco a poco de la Fe. La familia quedó muy interesada y, al final, todos fueron bautizados cuanto Wang tenía 8 años.

“Nosotros sabemos que eso fue un milagro para que pudiésemos conocer la Fe. Dios nos guió a su casa”, afirma él.

La Iglesia Católica fiel a Roma es llamada “Iglesia clandestina“, y hoy en día no puede practicar su fe abiertamente porque el gobierno, en combinación con la diplomacia vaticana, sólo reconoce a la llanada “Iglesia patriótica“, creada por el Partido Comunista.

Wang Jie recuerda que, debido a la política comunista de hijo único, sus padres no podrían tener su hermana, y serían fuertemente penalizados  por el gobierno comunista. Pero rehusaron cualquier hipótesis de aborto.

“Cuando mi hermana nació, encontramos una familia que acababa de tener un hijo y los registramos como si fuesen mellizos. De hecho, mi hermana no tiene el mismo apellido que yo, sino el de esa familia, porque según esos documentos ellos son hermanos”, dijo.

Un día los padres encontraron un sacerdote que era rector del seminario. Por él quedaron sabiendo que había seminaristas preparándose para el sacerdocio, y que cada tres o cuatro meses cambiaban de lugar, porque las autoridades podrían descubrirlos y serían torturados y enviados a campos de concentración.

Los padres de Wang ofrecieron su casa, y así los seminaristas transformaron el primer piso de la casa en un seminario durante 10 años, mientras la familia vivía en la planta baja.

El ejemplo de ellos tocó el corazón de Wang que, con 16 años, decidió entrar en el seminario. “En mi corazón yo gustaba de esa vida, quería ser como ellos”, explicó.

La decisión final fue tomada después de acompañar a uno de esos seminaristas a una catequesis.

Cuando volví a casa fue como si algo se hubiese encendido en mi corazón, y dije a mis padres que quería ser sacerdote. Tuve esta semilla de la vocación en mi corazón”, contó.

Él sabe que ser miembro de la llamada “Iglesia clandestina”, fiel a Roma, es muy difícil. “Todo se realiza en las familias, en las casas. La misma mesa que usan para comer, es preparada para celebrar la Misa. Después recogen todo y enseñan el catecismo o conversan sobre temas familiares”, explicó.

Los católicos se conocen a través de sacerdotes que colocan las familias en contacto.

“Nosotros llamamos e informamos que un `amigo´ está viniendo para cenar. Eso significa que el sacerdote vendrá y celebrará la Misa. No podemos hablar explícitamente porque las autoridades chinas pueden estar oyéndonos”, señaló.

Sin embargo, aseguró que vivir bajo el riesgo de las autoridades comunistas detenerlo vale la pena, porque, “si queremos seguir a la Verdad, es lo que debemos hacer a pesar de las dificultades”

“La Fe no es como una fábrica donde trabajamos y, si me gusta, me quedo, y si no me gusta, voy a otro lugar. Mi fe es encontrar tu Padre, tu Dios, y vivir la vida así”.

Hay una frese de la que gusto mucho, de Tertuliano: `Sangre de mártires es semilla de nuevos cristianos´”, repite Wang.

Cuando estoy en la cola para entrar en el país y tengo mi pasaporte en las manos, comienzo a rezar a la Virgen María: “Madre mía, ayúdame. Madre mía, ayúdame. Y todo se resuelve bien, a pesar de que los peligros son reales. Dios siempre me ayuda”, afirmó.

Además de eso subrayó que, si bien los católicos llamados “clandestinos’ vivan en una situación nada fácil, se sienten alentados profesando la fidelidad al Paspado. “Dios concedió la llave del Papado a San Pedro, y eso forma parte de nuestra fe y, o nos unimos a Pedro, o no caminamos”, explicó.

Ese maravilloso auxilio de la gracia puede mucho más que las violencias comunistas o las insidias de la Ostpolitik vaticana.

Fuente: pesadelochines

 

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